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Mi rendición

Te escribo sin saber realmente si algún día leerás esto. Lo cierto es que no sé si quiero que llegue ese día. Ya sabes que yo siempre escribo para mí, para desahogarme, para sacar afuera todo lo que me come por dentro. En esta ocasión, para no perder las viejas costumbres, se trata de ti. Nuevamente eres el protagonista de mi gran hecatombe mental, pero por poco tiempo. Sí, has leído bien, por poco tiempo. Aquí, en este trozo de papel (o de pantalla si lo prefieres), me dispongo a firmar mi rendición. Esto no resultó ser como aquella canción de Bruce, la que hablaba de promesas y de no tirar la toalla. Me he dado cuenta de que el amor es como una de esas carreras por parejas en las que los miembros llevan una de sus piernas atada a la del otro. Se requiere mucha coordinación y es necesario que cada paso que uno dé, el otro lo realice de la misma manera, si no, caen al suelo. Estos días me han servido para abrir los ojos y de una vez por todas ver que hace mucho que tú abandona...

Desde Roma, con amor.

[Esta carta va dirigida a todos aquellos que en estos días han ocupado mi mente, a todos los que dejé atrás cuando emprendí mi aventura Erasmus y que hoy echo especialmente de menos. Para ahorrar mi espacio de escritura (y vuestro tiempo de lectura), evitaré nombrar a dichas personas, pues doy por supuesto que mis destinatarios sabrán, al instante, que lo son...] Queridos vosotros, os escribo esta carta desde una habitación cualquiera, en un bloque de pisos cualquiera de cualquier barrio de esa ciudad que no es cualquiera, sino que se llama Roma. Hace exactamente dos semanas que me subí a un avión cargada de equipaje a rebosar, como rebosando estaban mis ganas por lanzarme en esta maravillosa experiencia. La ilusión y la incertidumbre me embriagaban, los nervios me acechaban y un mar de preguntas inundaba cada uno de mis pensamientos. Sin embargo, no era plenamente consciente de todas aquellas personas a las que, por un tiempo, no podría ver, ni tocar, ni abrazar... No era capaz...

30 días

Te preguntarás por qué me dirijo a ti un mes después de marcharte. Lo cierto es que ni yo misma lo sé. Quizá no era capaz de encontrar las palabras adecuadas para decirte adiós, o quizá, simplemente, no quería decirte adiós. De hecho estas letras que te escribo no saben a despedida, y es que es complicado desprenderse de alguien que no se ha ido. Han pasado treinta días. Treinta días sin esa sonrisa tuya que ni en los momentos más complicados se borraba de tu cara. Esa sonrisa capaz de alegrar el día a cualquiera, de provocar una epidemia de felicidad entre todos los que hemos tenido la gran fortuna de formar parte de tu vida. Treinta días sin esa mirada profunda y sincera, carente de maldad alguna, que iluminaba todos y cada uno de nuestros días. Esa mirada que con orgullo me observaba, que vigilaba con sigilo mis movimientos y me transmitía seguridad, confianza, protección. Esa mirada de ojos rajados que decía tantas cosas cuando las palabras se apagaban. Treinta días sin esas man...

A tus veinte

Me he pasado la vida de este blog dedicando entradas a mi mente, a mi corazón y a quienes agitaban despiadadamente alguno de esos dos elementos. Pero hay veces que es necesario aparcar lo que nos inquieta y celebrar que hay cosas, cosas pequeñas pero sublimes, que sin hacer mucho ruido están a tu lado, y con mucho sigilo permanecen ahí para siempre. Hablo de esas personas que se instalan en tu vida sin que tú se lo pidas, simplemente llegan para quedarse y acampan a sus anchas invadiendo de la manera más deliciosa tu día a día. Esas personas no te dicen “te quiero” cada día, ni te mandan un mensaje de buenas noches al acostarse, y probablemente tampoco demuestran afectuosamente lo mucho que significas para ellos. Pero cuando alguien te rompe el corazón, cuando la vida te da la espalda, cuando fracasas, cuando te sientes indefenso, cuando odias al mundo, cuando apenas ves una salida ahí están esas personas para llenar tu corazón de tiritas, para mirarte a los ojos y decirte: “adelant...

Sin querer

Esta noche, sin querer, has vuelto a pasearte por mis sueños, como acostumbras a hacer últimamente. He visto esa sonrisa que no conozco, he escuchado esa voz que nunca me ha hablado, he sentido el tacto de esas manos que jamás me han tocado y, sin querer, he despertado rebosando ganas de tenerte cerca. Has aparecido de la manera más inusitada, más sorprendente, más increíble, más inesperada, has aparecido sin querer. Y así, sin querer, has dado un completo giro a mi mundo y has llenado mis días de agradables cosquillas en el estómago. Has compartido conmigo tus proyectos y me has animado a cumplir los míos. Te has convertido sin querer en mi distracción más placentera y sin querer me has provocado el más dulce insomnio. Y es que, sin querer, les ruego a los días que se den prisa por pasar mientras imagino cómo será encontrarme contigo.  Y es que, sin querer, mis piernas  tiemblan al son de tus palabras.  Y es que, sin querer, mi boca, la que codicia tus besos...

Desde lejos.

Te escribo desde lejos, desde el lugar donde todos dicen que tengo que estar, desde unos cuantos kilómetros más allá de esa cama que por cosas de la vida te tiene aprisionado. Deseo fervientemente estar allí, contigo, cogiéndote de la mano y diciéndote muy bajito que todo va a ir bien. La verdad es que no lo sé. Ojalá un chasquido de dedos o unas palabras mágicas te liberaran de esa maldita tortura que te hace sufrir y te fustiga sin compasión. Ojalá estuviera en mis manos la fórmula secreta que te devuelva la energía, esa que no hace tanto te permitía trepar por los árboles o hacer saltar chispas con tu guitarra. Pero, ¿sabes qué? Me niego a maldecir esta vida y rogarle a cielo que me de una explicación, me niego a rendirme. Yo he elegido luchar a tu lado, pelear por ti, vencer este condenado miedo que sin querer me embiste. Te cuido desde lejos, como tú has estado haciendo siempre conmigo, defendiéndome ante los monstruos que me acechaban. Siendo el centinela de mis días y mis...

Metafóricamente hablando.

Como cuando guardas en un cajón esa pulsera que un día fue tu preferida pero que ya no te gusta tanto. En ese cajón vas metiendo más y más cosas que poco a poco van tapando tu pulsera hasta que no te permiten verla. Te olvidas de ella, te compras otras pulseras de quita y pon y esa que tanto adorabas deja de existir para ti. Pero un día, de repente, decides hacer limpieza. Comienzas a sacar del cajón objetos inservibles, cachivaches que ni tú sabías que existían y la ves, en el fondo. Esa pulsera que un día desechaste permanece allí. Sus colores se han marchitado con el paso del tiempo, pero tú la sigues viendo preciosa, es tu pulsera favorita y nunca ha dejado de serlo. Sabes que hay millones de pulseras en el mercado esperando un dueño, pulseras estilosas y flamantes, y te da igual. Porque tus muñecas han lucido accesorios bonitos, originales, vistosos, pero ninguno de ellos ha logrado superar a tu pulsera. Ahora te toca decidir. ¿Guardar tu preciada pulsera para siempre y buscar ...