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A tus veinte

Me he pasado la vida de este blog dedicando entradas a mi mente, a mi corazón y a quienes agitaban despiadadamente alguno de esos dos elementos. Pero hay veces que es necesario aparcar lo que nos inquieta y celebrar que hay cosas, cosas pequeñas pero sublimes, que sin hacer mucho ruido están a tu lado, y con mucho sigilo permanecen ahí para siempre.Hablo de esas personas que se instalan en tu vida sin que tú se lo pidas, simplemente llegan para quedarse y acampan a sus anchas invadiendo de la manera más deliciosa tu día a día. Esas personas no te dicen “te quiero” cada día, ni te mandan un mensaje de buenas noches al acostarse, y probablemente tampoco demuestran afectuosamente lo mucho que significas para ellos. Pero cuando alguien te rompe el corazón, cuando la vida te da la espalda, cuando fracasas, cuando te sientes indefenso, cuando odias al mundo, cuando apenas ves una salida ahí están esas personas para llenar tu corazón de tiritas, para mirarte a los ojos y decirte: “adelante, tú puedes”, para aplaudir tus triunfos, para sacar fuerzas por ti, para darte motivos para amar el mundo, para mostrarte una salida.

Hay una de esas personas para la que hoy me veo en la necesidad de juntar unas cuantas letras, que es lo que dicen que se me da bien. Una persona que entró en mi vida con dos besos y un “encantada de conocerte” y se quedó para hacerme compañía y compartir conmigo cada instante, fuera bueno o malo.Hoy, precisamente cuando hace veinte años que abrió por primera vez sus ojos y el mundo se convirtió en un lugar un poco más bonito. Hoy, quiero decirle que de un tiempo a esta parte he descubierto que las grandes amistades no son las que duran cien años, sino las que, a pesar de su corta vida, no dejan de ser inmensas. Hoy, quiero que sepa que me cuesta no contar con ella para algo, que me es imposible ocultarle un solo secreto, que su sonrisa provoca la mía y que nunca dejaré que nadie le haga daño.Ella sabe todo esto, porque aunque nunca nos lo hemos dicho de viva voz, nuestros ojos hablan por sí solos y hay miradas, miradas cómplices y sinceras, que dicen más que muchos libros repletos de letras. Ella sabe que aunque en este momento no estoy allí para llenarla de besos y arrumacos, un trocito de mi persona se ha colado en su habitación y está susurrándole al oído que siempre voy a permanecer a su lado, para reír, llorar, bailar, cantar, soñar, para vivir. 

Felices veinte mi princesita.

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