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Cobardes y margaritas

Pensó que tal vez la soledad era un buen remedio para huir de aquel puñado de cobardes. Miraba hacia atrás y solo veía la sombra de lo que pudo ser y no fue, todo por culpa del temor que les había producido sumar uno más uno. No se la habían jugado, no habían apostado por ella, se habían conformado con unos pocos besos y después nada. Esa panda de idiotas que habían prometido hasta dejar volar las palabras y esfumarse con ellas. Armados de absurdas excusas adornadas de verborrea barata, asustados al comprobar que el siguiente paso implicaba ponerse serios. Unas veces la distancia, otras "no eres tú, soy yo", otras simplemente el maldito miedo a mirar a sus sentimientos a la cara.   Se sentía culpable de un crimen que no había cometido, trataba de encontrar una explicación mientras sus lágrimas caían en gotas de frustración y engaño. Y ellos se hacían llamar hombres. Hombres de los que sacan pecho tras un ramo de flores y agachan la cabeza tras una mentira. Hombres que no s...

Búscate un hombre...

Que te eche a perder el pintalabios, pero no el rímel. Que te haga cosquillas con sólo mirarte. Que te enseñe el lenguaje de las carcajadas que no se agotan. Que te haga s entir que nada malo puede pasar al abrigo de sus brazos. Que haga temblar cada músculo de tu cuerpo. Que esté loco por tus huesos, pero también por tus curvas. Que te sorprenda. Que se pierda en tu mirada y no busque encontrarse. Que te escuche incluso cuando no sabes qué decir. Que te deje sin aliento. Que te haga soñar con los ojos abiertos. Que te haga volar con los pies en el suelo. Que te saque de quicio Que te saque los colores Q ue te saque a bailar  Que te baile el agua.

Coma etílico

Estoy borracha. Ebria de pensarte, ahogándome en cada gota de ti que salpica mi mente. No puedo dormir, todo me da vueltas, no he bebido y me siento mareada. Es tu culpa. Mi cabeza gira siguiendo el vaivén de tus impulsos, no sé qué pasa. El insomnio sólo ayuda a que mis pensamientos se muevan más rápido, casi sin control. Sólo tú puedes parar esta locura, esta juerga sin licencia que se han montado mis ideas. Estoy borracha. Apenas veo y tengo los ojos bien abiertos, no sé qué coño hago aquí. Yo sólo quería tomarme un par de besos contigo y ahora estoy como una cuba, se me ha ido de las manos. Y tú me dices sin hablar que se acabó, que están chapando, que la fiesta ha terminado. No bastará con mucha agua para curar esta resaca...

Carta a José Ignacio Wert, ministro de Educación

Estimado ministro Wert, Le escribo estas letras sabiendo de antemano que jamás llegará a leerlas, pues deduzco que dada su mentalidad tan poco “avanzada”, digámoslo así, tendrá escasa idea de redes sociales y esas cosas del siglo XXI. Me dirijo a usted para hablarle de algo que me tiene bastante intranquila, no se asuste, no quiero hablarle de política ni de cuestiones ideológicas. El tema que quiero debatir está muy alejado de colores políticos, o al menos así pienso yo que debería ser, se trata de mi educación. Bueno, vayamos por partes, no sé dónde están mis modales que ni siquiera me he presentado.  Mi nombre es Irene y estoy estudiando periodismo. Sí, efectivamente, en un futuro me gustaría poder asistir a una rueda de prensa y, si no es mucho pedir, poder hacerle a usted o al que venga detrás alguna pregunta que otra. Aunque claro, tal y como están las cosas parece que eso de que los políticos respondan a las preguntas no se lleva mucho. Esperemos que de aquí a unos...

Querido futuro amor de mi vida,

Perdona por no llamarte por tu nombre de pila, pero es que aún lo desconozco. En este momento probablemente no sabrás de mi existencia, lo cierto es que yo tampoco sé de ti. Supongo que estarás sentado en un café de alguna bonita ciudad, disfrutando de uno de esos momentos de soledad que tanto te gustan. Sobre la mesa un cortado y en tus manos un libro. Nada de esos ensayos plomo que teorizan sobre la vida mientras ésta sigue su curso. Más bien se trata de una de esas novelas que te encantan, las que mezclan historia y leyenda, amor, aventura y suspense, de esas cuya trama te engancha desde la primera coma. Seguramente mientras te sumerges en ese trepidante relato, crezcan tus ganas de crear una de esas obras tú mismo, de dejar por escrito todos esos pájaros que no dejan de revolotear sobre tu cabeza. A diferencia de mí, no piensas en cómo será la mujer que te hará feliz el resto de tus días. Tú eres más de esperar a que la vida te sorprenda y, aunque te gusta conquistar, de vez en...

Mi rendición

Te escribo sin saber realmente si algún día leerás esto. Lo cierto es que no sé si quiero que llegue ese día. Ya sabes que yo siempre escribo para mí, para desahogarme, para sacar afuera todo lo que me come por dentro. En esta ocasión, para no perder las viejas costumbres, se trata de ti. Nuevamente eres el protagonista de mi gran hecatombe mental, pero por poco tiempo. Sí, has leído bien, por poco tiempo. Aquí, en este trozo de papel (o de pantalla si lo prefieres), me dispongo a firmar mi rendición. Esto no resultó ser como aquella canción de Bruce, la que hablaba de promesas y de no tirar la toalla. Me he dado cuenta de que el amor es como una de esas carreras por parejas en las que los miembros llevan una de sus piernas atada a la del otro. Se requiere mucha coordinación y es necesario que cada paso que uno dé, el otro lo realice de la misma manera, si no, caen al suelo. Estos días me han servido para abrir los ojos y de una vez por todas ver que hace mucho que tú abandona...

Desde Roma, con amor.

[Esta carta va dirigida a todos aquellos que en estos días han ocupado mi mente, a todos los que dejé atrás cuando emprendí mi aventura Erasmus y que hoy echo especialmente de menos. Para ahorrar mi espacio de escritura (y vuestro tiempo de lectura), evitaré nombrar a dichas personas, pues doy por supuesto que mis destinatarios sabrán, al instante, que lo son...] Queridos vosotros, os escribo esta carta desde una habitación cualquiera, en un bloque de pisos cualquiera de cualquier barrio de esa ciudad que no es cualquiera, sino que se llama Roma. Hace exactamente dos semanas que me subí a un avión cargada de equipaje a rebosar, como rebosando estaban mis ganas por lanzarme en esta maravillosa experiencia. La ilusión y la incertidumbre me embriagaban, los nervios me acechaban y un mar de preguntas inundaba cada uno de mis pensamientos. Sin embargo, no era plenamente consciente de todas aquellas personas a las que, por un tiempo, no podría ver, ni tocar, ni abrazar... No era capaz...