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Cobardes y margaritas

Pensó que tal vez la soledad era un buen remedio para huir de aquel puñado de cobardes. Miraba hacia atrás y solo veía la sombra de lo que pudo ser y no fue, todo por culpa del temor que les había producido sumar uno más uno. No se la habían jugado, no habían apostado por ella, se habían conformado con unos pocos besos y después nada. Esa panda de idiotas que habían prometido hasta dejar volar las palabras y esfumarse con ellas. Armados de absurdas excusas adornadas de verborrea barata, asustados al comprobar que el siguiente paso implicaba ponerse serios. Unas veces la distancia, otras "no eres tú, soy yo", otras simplemente el maldito miedo a mirar a sus sentimientos a la cara. 

Se sentía culpable de un crimen que no había cometido, trataba de encontrar una explicación mientras sus lágrimas caían en gotas de frustración y engaño. Y ellos se hacían llamar hombres. Hombres de los que sacan pecho tras un ramo de flores y agachan la cabeza tras una mentira. Hombres que no se atreven a decir "te quiero", no vaya a ser que te enamores. Hombres que se entregan a medias, que te prometen la luna y ni siquiera son capaces de llevarte a ver las estrellas. 

Cada vez odiaba más a todos los que se habían resistido a sentir, incapaces de dejarse llevar y arriesgarse a quererla. Qué fácil era para ellos largarse sin más, dar un portazo y dejar al otro lado del tabique tantos sueños hechos añicos. Mientras recogía los pedazos de la última decepción, entre murmuros maldecía a la suerte por cebarse de aquella manera. Quizás el desencanto no era más que el preludio de una nueva historia por escribir o quizás había llegado el momento de dejar de deshojar margaritas y salir a la calle a disfrutar de la primavera.




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